Nando, Marina y Hugo, creadores del colectivo, desmitifican el «misterio» alejándolo del espectáculo y acercándolo a la curiosidad y la fe razonada. Desde la asociación aseguran rechazar el sensacionalismo y abogar por la seriedad y el respeto, especialmente en momentos de dificultad

“Escribir es como meditar. En la soledad recuerdo, escucho voces, tengo visiones. Mientras más callada estoy, más oigo y más veo. En el silencio de la escritura a veces me visitan espíritus —¿o serán las musas?—. Lo siento como un roce en la nuca. Al escribir me transformo en médium. La escritura para mí no es una opción, es una adicción”, Isabel Allende.
“Dicen que cuando el alumno está preparado, el maestro aparece. Y es cierto”, afirma Marina, secretaria de la Asociación de Estudios del Misterio. Al menos, así fue como ella apareció en la vida de LA OPINIÓN-EL CORREO DE ZAMORA. De un día para otro y con una paz capaz de calmar a cualquiera. No fue por una aparición, ni una psicofonía, ni una luz suspendida sobre los tejados de Zamora. Llegó de una forma mucho menos espectacular, y quizás por eso más extraña: una conversación. Exactamente el mismo mecanismo que hizo que, años atrás, Nando llegara a su vida, dando paso a una entrevista que se quedó corta, y una segunda para hablar de la vida más allá de la vida. Fue entonces cuando apareció Hugo, y tres personas que no se parecían demasiado descubrieron que podían mirar hacia el mismo sitio desde ángulos distintos.

El ambiente es distinto. El calor de la calle se ha disipado, pero no ha sido cuestión del tiempo ni de la temperatura del local, es algo diferente. Es una especie de condensación la que rodea la mesa en la que están sentados. La noción del tiempo se pierde en una conversación que podría durar más horas de las que duró.
La cita tiene como objetivo hablar de la asociación, pero en algún momento la idea se diluye para hablar de algo más profundo: “el misterio”. Si el misterio fuera un lugar físico, Marina imagina “una cueva, una entrada en la tierra, algo subterráneo y nutritivo”. Nando lo describe como “un espacio agradable, sin maldad ni dolor”. Hugo lo sitúa en “una zona natural, con montaña, agua, bosque, animales y mar”. Pero antes de cualquier paisaje exterior, dice algo más íntimo: “Sería la entrada a la propia conciencia”.
El subconsciente gestiona recuerdos, hábitos, emociones y funciones automáticas, y en ese fondo se asoman las verdades que muchos desconocen de sí mismos. Quizás por ello para Marina “el misterio” es una puerta al interior de la tierra, porque su conexión con la vida pasa por el chamanismo, una de las prácticas más antiguas de la humanidad: “El misterio es una verdad penitente, es el primer y último latido del corazón”, sentencia. Para Nando, “el misterio” ocuparía un espacio idílico y seguro, quizás reflejo de los años en los que se hablaba de él como “el loco de los ovnis”, o aquella vez en la que le censuraron: “Eso me sentó muy mal, porque jugaron con mis sentimientos e ilusiones”, confiesa. Lo remata de otra manera: “No somos gente con gorro de aluminio”.

Hugo es más terrenal, o eso es lo que parece si te quedas en la superficie de sus palabras. Habla de ciencia y de historia: “Recuerda que hasta el siglo XIX no se sabía que convivíamos con bacterias beneficiosas en la piel. No por eso dejaron de existir antes de que alguien las viera. El misterio es el descubrimiento de una verdad que todavía es desconocida”, argumenta. Sin embargo, su especialidad es el espiritismo, esa vida más allá de la vida. Es entonces cuando te confunde con sus ideas, ¿cómo alguien que habla de espiritismo está tan conectado con la vida en la Tierra?: “La ciencia nace también de la curiosidad. La química nace de la alquimia, de la experimentación. El misterio de hoy es la ciencia de mañana”, asegura.
Dice no ser sensitivo, pero cualquiera que sí lo sea notará como la piel se eriza con sus palabras, como te abraza con una mirada que dice más de la vida que cualquier verbo, como la pasión se ve reflejada en sus ojos al hablar de lo que le llena. El espiritismo, para Hugo, no es una colección de sustos ni una escenografía de velas. Habla de Allan Kardec, de El libro de los espíritus, de sus 1.019 preguntas y respuestas sobre Dios, la reencarnación y las grandes cuestiones de la existencia. Habla de una “fe razonada”, de una búsqueda lógica para preguntas antiguas: quién soy, de dónde vengo y hacia dónde voy. Defiende la magia, pero no como truco; la ciencia, pero no como frontera definitiva; la tradición, pero no como dogma: “Qué magia más bonita que tú y yo estemos aquí y nuestro corazón lata sin que nos enteremos”, dice. “Tus células están trabajando para que podamos mantener esta conversación”.

La frase deja el misterio en el lugar menos esperado: el cuerpo, la respiración, el latido, la semilla que se transforma en árbol. No hace falta una nave sobre el cielo ni una mesa que se levanta en el París del siglo XIX. Basta detenerse un instante.
Hay en ellos una defensa de la observación, como si el gran problema contemporáneo no fuera creer demasiado, sino mirar demasiado poco. Marina lo dice sin rodeos: “No observamos. Vamos condicionados, sujetos a lo que nos han contado, incapaces a veces de salir a la calle y ver simplemente que el día está bonito”.
No todo vale. Esa es una de las ideas en las que más insisten. No han puesto vetos temáticos, dice Nando, pero sí exigen respeto y cierta lógica. Marina marca el límite en la seriedad: nada de aprovecharse, nada de engañar, nada de maldad: “Muchas personas llegan a estos temas en momentos difíciles. Por una enfermedad, por la muerte de un ser querido, por la pérdida de un hijo, por un desastre que rompe la vida en dos. La destrucción suele ser el primer paso para la reconstrucción de uno mismo”, afirma
La frase aterriza la conversación. La baja de golpe desde el plano etéreo hasta aquella cafetería de La Marina. Y quizás ahí se entiende parte de lo que esta asociación quiere ser: un lugar para hablar de lo invisible sin fingir que no existe lo cotidiano.
Quizás por eso les molesta tanto el espectáculo. Marina lo dice con una claridad casi seca. Todo lo que tenga detrás un show, para ella, deja de honrar la palabra misterio. Nando, como tantas veces, lo resume en una frase sencilla: “El misterio ya es bastante espectacular como para ponerle más espectáculo”.
No les asustan los escépticos. De hecho, los quieren cerca. Hugo cree que son necesarios para recordarles que no todo puede elevarse sin medida: «Es como este vaso», dice colocándolo en posiciones distintas, «sigue siendo un vaso, pero visto desde varias perspectivas», explica. En la asociación cabe Marina desde lo ancestral, Nando desde la ufología y Hugo desde el espiritismo. También debería caber «quien no cree en nada, quien pregunta, quien duda, quien obliga a colocar los pies en la tierra», añaden.
Es entonces cuando el compás de la conversación se rompe por la rutina del trabajo que hasta ahora se había quedado al otro lado de una frontera intangible: la que separa lo espiritual de lo laboral, la vocación de la factura, la entrega del recibo de la luz, y antes de cruzar el umbral de la puerta, Hugo habla de El Principito, ese libro que, según él, “no cambia cada vez que uno lo lee, sino quien lo lee”. Tal vez con el misterio ocurra lo mismo. No siempre cambia el mundo. A veces cambia la mirada.
